Paisajes urbanos y gente de Córdoba

Te sentás un día a leer en ese banco de la Plaza San Martín, el mismo que una vez a la semana elegís para relajar tus pensamientos. Observás acá y allá, como si fueras pidiendo permiso para desaparecer en unos momentos. Tomás el libro con ambas manos, abrís donde está el señalador, y bajás la mirada a sus páginas. Y empezás a desaparecer, como atraído, como una zambullida en el texto.

Pasa el tiempo, hasta que te cansás de leer. Hasta que alguien se sienta al lado tuyo y te rodeas de nenes corriendo a los gritos. Hasta que una chica te pregunta si tenés hora. Hasta que te empezó a hacer frío. Hasta que te cansaste de pasar páginas. Y levantás la vista, pero con la cabeza gacha todavía. Y después, te desconectas.

Volvés a la realidad. Salís de la lectura. Dejás ese mundo de fantasía. Quizás leías una historia épica o algo de filosofía, matemáticas o ciencia aplicada. Pero ahora volvés a estar acá: sentís el sonido urbano, estás rodeado, miradas, personas por ahí caminando a algún lado. Y mientras vas dejando ese trance, tenés transformada la mirada, como una superconsciencia modificando la verdadera realidad. O quizás, mostrándote más real la realidad.

Te detenes en el camión de caudales que transita por el espacio peatonal. Claro, ellos si tienen permiso. Bajan tres hombres con chalecos y armados. Van a mitad de cuadra, mirando a todos lados, y entran en algún lugar. ¿Cuánta plata llevará adentro? Y en eso se cruza un mendigo…

Hoy es 10 de abril. Ese hombre, ¿habrá pensado siquiera en la fila del Rapipago para mantenerse al día con el sistema y pagar sus facturas? Seguro que la rutina no lo apura, quizás nunca tuvo oportunidad. O tal vez sí, y era un empresario, docente ó catedrático, y hoy vive esta otra realidad.

La señora que va al lado, mira. Busca quizás algo. El nene y su mamá, van hasta la parada, terminando la jornada de compras o paseo. El camión sigue ahí, y todos lo ven, pero nadie se inmuta ante tanta plata. ¿Quizás la plata no es lo más importante? ¿Será por que no se vé? ¿Por que nadie piensa en robar?

El que roba es este que toca la guitarra. Y no está sólo, tiene un coro de señoras. Roba sonrisas y miradas, esa chica que se sacó los auriculares hace media cuadra, se para un minuto, saca una foto y sigue; la señora que le da un puñado de monedas a la nieta y la niña con sonrisa traviesa va y las deja.

Roba, como se dice en la jerga, distrayendo a la gente que viene ensimismada, enfrascada, llena de problemáticas. Se lleva miradas y sonrisas, hasta cuando desentona, pero es una caricia de seda al que se conectó en la escucha. Toca con púa y hace sonar las agudas notas características de la clásica y alegre pájaro campana. Y la gente sigue pasando, camino a algún lado.

Gente en Córdoba. Porque aquel señor tiene cara de norteño… aquel otro, tiene el cutis negro. Esta señora rubia y de ojos claros habla perfecto inglés. Gente que hoy está acá, pero se integra. Córdoba te abraza. No hay forma de no dejarse llevar. Es una ciudad grande, pero el alma del interior, el detallito de metrópolis y también de pueblo. Y ahí todo cambia: es Gente DE Córdoba, por adopción, amorío, sentimiento o simplemente circunstancia de poco tiempo.

Aquella chica que viene coqueta aflojó el paso. Venía apurada, escuchó la música y se relajó. Empezó, quizás, a bajar un cambio cuando buscando la tarjeta del colectivo, reaccionó que ya había salido del trabajo. Que no va a llegar tarde, que sólo tiene que esperar quince o veinte minutos, si la frecuencia cumple, que el camino a casa ya ha comenzado.

Miradas, lectura, fotos y gente. Un día rutinario, uno más, el último. Contrastes que nos recrean la mirada, que nos hacen pensar, y ahondar la vista. Gente de Córdoba, personas, sobrevivientes, turistas, ciudadanos, habitantes. Casi como un poema y obra de arte.

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